Las Pintaderas de Cuerpo implicaban la pertenencia o no a un grupo determinado, es decir que funcionaban como seña de identidad. Esto se puede ejemplificar en Gonzalo Guerrero, aquel naúfrago español que tras convivir con los mayas de la bahía de Chetumal, Quintana Roo, se integró plenamente a ellos y rechazó el ofrecimiento de sus compatriotas de rescatarlo. Además de su negativa a unirse a los españoles, lo que más llamó la atención de éstos fue que se había “labrado” cara y cuerpo y portaba orejeras y narigueras.
En las crónicas de la época son frecuentes las menciones a las prácticas de Pintaderas de Cuerpo que existían entre los habitantes de la región; de hecho se trataba de una costumbre que se encontraba no sólo entre los pueblos mesoamericanos sino entre las sociedades nómadas del norte del país, aunque cabe aclarar que con modalidades distintas.
Las Pintaderas de Cuerpo en el México prehispánico incluían variantes que podían ser temporales o permanentes. Entre las primeras están la pintura corporal, el vestido y la joyería sobrepuesta (como anillos, collares o diademas), y entre las segundas, la escarificación, el tatuaje, la joyería que implicaba horadar la piel (orejeras, bezotes o narigueras), la deformación del cráneo y el limado y la incrustación dentarios.
